Cómo ‘Nadie’ reinventa el cine de vigilantes cambiando la reflexión sobre la violencia por excelencia en la narración visual

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La sorpresa del cine de acción de año sigue la senda del estilo John Wick, pero se postula como una propuesta mucho más diferente a lo que proponía la saga que revitalizó la carrera de Keanu Reeves. ‘Nadie’ es un espectáculo capaz de ser contenido y explosivo al mismo tiempo, en el que el humor nunca sale de chistes sino de la propia exageración de lo que propone. Lo que la diferencia de otras películas del género es su voluntad de ir más allá a nivel narrativo.

La historia de ‘Nadie’ no puede ser más sencilla. En sus ajustadísimos 90 minutos, no cabe mucho más que un relato de un hombre de mediana edad que se mete con las personas equivocadas, además de esconder algunos secretos él mismo. Desde el mismo póster vemos que su guionista, Derek Kolstad, busca una variación paródica de su creación más famosa, pero lo que diferencia a este nuevo producto de la anterior es que la dirección de Ilya Naishuller busca darle un pequeño matiz en cada nuevo golpe o ráfaga de tiros, para ofrecer algo nuevo.

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Tras la sorprendente ‘Harcore Henry’ (2015), el director ruso ofrece una versión aparentemente más disfrazada de película estándar de acción de Hollywood, que de hecho podría parecer en un primer momento una nueva versión de ‘El justiciero’ (Death Wish, 2018), sin mucho que aportar a la fórmula de actor entrado en años que decide tomar la justicia por su mano, que en realidad esconde la pólvora bajo los roídos cimientos morales sobre los que suele apoyarse la justificación de la violencia en estas películas.

Cómo desintegrar la justificación de la violencia

Si ‘Sentencia de muerte’ (Death Sentence, 2007) ofrecía un espectáculo de miembros amputados por las balas tras sus buenos pasajes de canciones de pop blandito con imágenes de vídeo del último verano en familia, en ‘John Wick’ (2014) la cosa empezaba a tomar un tono de mofa con la muerte de un perrito como desencadenante de la matanza de rusos, pero Chad Stahelski y David Leitch parecían todavía no haber entendido bien las posibilidades de caricatura que explotaron con la mitificación del personaje en su segunda parte, e incluso parecían tomarse más en serio el asunto cachorrito que el propio guion.

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Sea como sea, el personaje de John Wick tiene esa motivación sincera, algo que en ‘Nadie’ parece retorcerse a algo mucho más ridículo cuando se nos plantea un simpe pulserita como desencadenante, lo que hace que entendamos que la motivación de este antihéroe anónimo no es ni siquiera una motivación, es simple y llanamente pura adicción a la violencia, entendida como una droga que resignifica la crisis de la mediana edad del personaje, tan solo un veterano yonqui de la sangre, los golpes y la muerte. Tan amoral y sencillo como eso.

Nadie

Por ello, ‘Nadie’ trabaja en los límites del cómic adulto de línea Vértigo, que no desentonaría en una obra de Garth Ennis, con la misma sorna de su visión de ‘El Castigador’ para Marvel, la misma sencillez narrativa y su resolución cómplice con el lector, que, como Naishuller, confía en la inteligencia del espectador, planificando su historia como una sucesión de sorpresas desveladas entre las que se cuelan las escenas de acción, ya desprovistas de ningún requerimiento ético previo. «Has venido a ver hostias, tiros y sangre, y esto es lo que te vamos a dar, no te preocupes». Eso sí, la receta viene con el humor socarrón de quien sabe que está haciendo una gran gamberrada.

Placer absuelto

El humor negro de ‘Nadie’ es una pieza fundamental para su funcionamiento, nunca explícito en el texto, su raíz está en la propia dinámica creada en la sala de edición, en donde la información vuela a golpe de montaje, frases sucintas y todo lo que no sabemos de un protagonista con el que juegan a dejarnos ver un pasado turbulento a través de reacciones de otros personajes absolutamente exageradas, que son mostradas en pantalla con total naturalidad. Probablemente nada funcionaría sin el inteligente casting de Bob Odenkirk, que nos sorprende con una matizadísima interpretación que, como todo en la película, no es lo que parece.

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Pero el mayor punto y aparte de ‘Nadie’ con el gran pelotón de películas de espectáculo a golpes o tiros actuales, es cómo la acción no es el fin sino el medio para contar la historia, donde no hay secuencias esperando a estallar para ocupar grandes secciones de la película en las que el aficionado pueda decir “eh, ahí está la coreografía por la que he pagado”, sino que se utilizan las elipsis, hay cortes de montaje, se hace uso de la música como si los tiros atravesando cráneos fueran videoclips en los que recrearse en la belleza del baile de pólvora, que merecen la misma atención que un plano secuencia de un personaje que entra en el bar, bebe chupitos y se pone a bailar en frente de un público entregado.

Naishuller no deja un solo plano que no cuente, no hay un gramo de grasa y todo funciona como un engranaje energético, ajustado y con precisión de tiro deportivo. 90 minutos de virtuosismo aplicado a la serie B, que toma ‘Una historia de violencia’ (2005) y la convierte en un chiste sangriento que no renuncia a la clase —esa fotografía de la mano derecha de Ari Aster, Pawel Pogorzelski– ni al espíritu de dibujo animado –el mejor Christopher Lloyd desde la trilogía ‘Regreso al Futuro’– para hacer de ‘Nadie’ uno de los mayores placeres sin culpa de la época del “cine problemático”, es decir, la mejor película de lo que llevamos de 2021.


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Cómo ‘Nadie’ reinventa el cine de vigilantes cambiando la reflexión sobre la violencia por excelencia en la narración visual

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Jorge Loser

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